pajaros volando

Pájaros en Junio

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por Marina Porcelli

Humo de tabaco negro. Su madre sobre la cama esa noche de junio, y Nina pensó, de pie frente al vidrio, en ese aire mezclado con olor a cigarro del padre, que fumaba en el pasillo, junto a Esther, ella pensó, al escuchar a su hermana que se alejaba hacia la puerta y descalza salía a la noche y al frío, pensó que su hermana, de algún modo, lo había heredado también. Los movimientos súbitos, la mirada floja, los colapsos. Nina pensó que no era sólo el enojo, o esta especie de desconsuelo al ver el cuerpo de Leonor sobre la cama, sino también el cansancio y el cansancio por la enfermedad y la repetición. De nuevo, los tres habían rodeado a Leonor (¿y si de verdad ya no se puede levantar?), y a ese cansancio, ahora, Nina le sumaba algo como una alerta o una amenaza, que la obligaba a elegir entre irse, o quedarse y hacer qué. Desde sus trece años, exactamente, desde la tarde en que Nina entró a su dormitorio y descubrió que la madre le había cambiado la ropa de lugar (y esto es importante, porque no se la había ensuciado ni tirado al suelo, todo estaba en orden sólo que de otra manera), Nina siempre esperaba que Leonor se explicara. Que dijera algo, que diera alguna excusa. Pero pasaron cuatro años, y vino la mudez de cada colapso. Esther tampoco decía nada. Esta noche, había estado en cuclillas contra la pared en la otra esquina del corredor (y no había cambiado de postura en casi dos horas, de hecho, ni siquiera alzó la cabeza cuando su hermana dejó el cuarto y acompañó el médico a la entrada) y ahora, de golpe, dijo que necesitaba salir. Aislarse del enojo de Nina, y de la figura borrosa del padre, y de ese olor (a medicamento, a frío y a cigarro) y meterse en la noche, afuera. Ir hasta la jaula, la estructura grotesca que el abuelo había armado en la quinta no bien se instaló en Merlo, allá en el fondo de la historia familiar, y que llenó de pájaros y semillas y olor a mierda y chistes sobre la psitacosis. Irse. Algo que, verdaderamente, pensaba Nina, ella ni siquiera lo había intentado. Atravesar el parque, bajar por el camino de paraísos viejos, pasar cerca de la jaula y llegar al portón. Salir de esta casa por fin.

Desde la cama, los ojos de la madre esquivaron a los de Nina y se fijaron en la puerta cerrada. La chica le dio la espalda de nuevo, pero con tanta brusquedad que tuvo que acomodarse el mechón oscuro detrás de la oreja. Después se cruzó de brazos y miró la noche de junio. Distinguió, allá lejos, la lamparita del portón de entrada. A pesar de la penumbra, alcanzó a ver también la jaula burbujeante de pájaros.

Cuando fue el primer colapso, Nina ya había cumplido los quince. Al volver de la escuela, encontró a la madre de pie frente al sol de las tres de la tarde que se filtraba como podía sobre la persiana cerrada. Hace cuánto que está así, pensó Nina. Leonor no saludó, se giró de golpe y Nina vio que lloraba. Primero había sido lo de la ropa, luego una serie de comentarios raros (no me gusta tu cara cuando te doy dinero, a nosotros nunca nos dolió el estómago), y después vino una secuencia en la que la madre acusaba a Nina de robarle un collar, una toalla, y nadie entendió, hasta que esto también pasó. Y ahora Nina la encontraba llorando, en plena tarde, y sin responder. La mujer, literalmente, no habló durante semanas. A veces, daba uno o dos gritos muy agudos, como un sonido atorado, como si berreara.

Una mano le rozó el pecho y quiso tomarla del brazo.

Nina se dio vuelta con dificultad.

Creo que te llama, dijo su padre.

Ella se acercó a la cama. Miró a la madre a los ojos.

No es a mí, contestó, quiere hablar con Esther.

Nina volvió a su posición junto al vidrio, en el borde del dormitorio. El movimiento del madre, en cambio, fue menos resuelto. Se detuvo un momento en el centro del cuarto, de perfil a la ventana y de perfil a la mujer. Y de inmediato dijo, antes de salir otra vez a fumar al pasillo.

Pero dónde está Esther.

Ya en el patio, Esther detuvo la corrida para recuperar el aire. El frío de junio le lastimaba los pies, y la pajarera inmensa se recortaba frente a ella, como un monolito alucinado cerca de la casa. Esther no se movió. Vio, desde donde estaba, el contorno oscuro de la cara de Nina junto a la ventana, sus pupilas insomnes bajo los párpados, y más allá, en el vidrio del corredor, la mano lenta del padre con su continuo ir y venir hasta la boca, iluminada fugazmente por la brasa del cigarrillo. La chica se quedó inmóvil un momento más. La lamparita del portón de entrada era un punto oscilante, lejos. Después, el viento le raspó la frente y las mejillas mientras corría, y así agitada, Esther tomó uno de los barrotes blancos de la jaula. La destrabó. Pero ella no alcanzó a oír los alaridos que desencadenaron los pájaros sorprendidos, ni vio el aleteo o la velocidad de los movimientos, lo que sí sintió fue la aspereza del barrote contra la piel, el óxido y la frialdad.

Nina oyó el grito del primer pájaro y tuvo la impresión de que el animal se había filtrado dentro del dormitorio. Fue como si el aire se hiciera pedazos y los alaridos tomaran la oscuridad.


Los pájaros bordearon la casa con rapidez, y se perfilaron sobre el recuadro nítido de la noche, más allá, más lejos, hasta pasar la entrada. Enseguida, Esther apareció en la puerta de la habitación. Y Nina, girándose, al ver el gesto de las manos del padre que en el umbral intentó contener a su hermana, detectó un quiebre nuevo, una ruptura, algo que se situaba en los ojos salvajes de Esther, en su modo brusco de desafiarla. Pero culpable de qué, pensó Nina. Estaba el fastidio de ver a Leonor tirada, el enojo que no terminaba nunca. Esther, mientras tanto, se acercó a la cabecera de la cama. Corrió el pelo que cubría parte de la cara de la mujer, y con la otra mano, le tocó el cuello. Se inclinó y la besó despacio, en la frente. Los ojos de la madre se abrieron apenas y reconocieron a Esther. Un momento nada más. Después sonrió. Esther también sonrió, se separó con lentitud y apoyó la espalda contra la pared. Fue deslizándose hasta acuclillarse otra vez en el suelo.

Antes, el padre había apagado el cigarro y se había quedado ahí, envuelto por el humo del tabaco negro, en el inicio de la habitación. Entonces habló. Y esa sensación ambigua que obligaba a Nina a mantenerse enojada y a salvo junto a la ventana, fue demolida de un manotazo por lo que Álvaro acababa de decir.

En el techo, los pájaros desarmaban sus caminos circulares.

Ahora, hacete cargo de la casa, había dicho él, casi lo había ordenado.

Lo que pasó después, la sonrisa que siguió después, Nina iba a recordarla muchas veces. Se había dado vuelta y había buscado con los ojos a su hermana, un gesto nuevo, cómplice, algo que ella pudiera entender, que la estabilizara entre tanta oscuridad. La vio y dio un paso hacia atrás. No quiero, pensó. Le pareció que Esther sonreía de una manera tenuemente espantosa.


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